Aceptación
La aceptación es el principio de todo cuanto podamos y logramos hacer. Después de una pérdida, - cualquiera que ésta sea- al haber transitado por las primeras etapas del duelo, duren lo que duren (en cada uno de nosotros operan de distinta forma, intensidad y duración) llega la aceptación.
Algunos le llaman también resignación; no obstante, para mí, significan algo diferente. En los periodos de duelo, lo que se debe alcanzar para poder seguir adelante con toda la fuerza es aceptar las cosas, no resignarse ante ellas. Quizá se trate única y exclusivamente de una percepción personal, pero la palabra aceptación, en la profundidad de su estructura y sonido, me remite a pensar de inmediato en una situación poderosa que me permite dirigir mi vida nuevamente; su sonido contundente vibra en mi interior y me impulsa... en cambio, cuando hablamos de resignación, la sola palabra me genera un abatimiento paciente y conforme, sometimiento ante algo que sí, efectivamente no podemos cambiar (la pérdida de algún familiar o amigo, la pérdida de oportunidades o bienes, etcétera) pero con un declive en la fuerza de su sonido y entonces, significa para mí, sólo dejar que la adversidad o cualquier situación perjudicial siga fluyendo porque así ocurrió y no hay vuelta atrás.
En ambos casos, después de la pérdida que nos ha arrastrado hacia esas etapas de duelo y nos enfrenta a la final: aceptación vs resignación, es muy probable que no haya vuelta atrás, más si se trata de la muerte de alguien; no obstante, creo que aceptar la pérdida entraña una toma de responsabilidad acerca de lo que se puede hacer y lograr a partir de ese momento y cómo se puede potenciar y exaltar el recuerdo y el legado de quien se fue; en el caso de la resignación, muchas veces se deja de lado esto y se sufre a ratos por mucho tiempo, incluso por el resto de la existencia. En casos donde las pérdidas no son humanas o de algún amigo de otra especie; es decir, como en mi caso, la pérdida de una oportunidad laboral (por la causa que sea), el aceptar por fin que la situación ahora es de tal o cual forma permite además, a través de una constante retroalimentación, volver a encaminar las ideas y proporciona opciones para futuras ocasiones, brinda fuerza para seguir adelante, potencia para mayor desarrollo y emprendimiento. La resignación no. La resignación se convierte en ese mártir de lo que pudo haber sido y no fue pero que ya es así y ni modo. Conformidad, pasividad, nulidad, somnolencia y eventualmente frustración impregnada de culpa constante.
No es fácil aceptar. Siempre es más fácil resignarse, sobre todo cuando escuchas el tan socorrido "no era para tí" o "las cosas pasan por algo". Siempre es más fácil resignarse. Nos provee de un calor inicial y la idea de que hay alguien ahí para que te recargues en su hombro porque las cosas sucedieron así. Nos evade de la responsabilidad de lidiar con nosotros mismos y lo que somos ahora que ya no tenemos a ese alguien o eso que perdimos. Pero el mundo y quienes lo habitan están en constante movimiento y, cuando ese hombro se tiene que mover no te puede llevar pegado a él... entonces te tambaleas y te puedes caer... en ese momento tienes dos opciones: buscar otro hombro en el cual continuar viviendo tu resignación, o tomar tu equipaje emocional, cargarlo tú mismo, aceptar y seguir adelante, continuar moviéndote como todos a tu alrededor. Es decir, tomas la responsabilidad de ti mismo y lo que eres sin él, sin ella, sin ellos, sin eso...
¿Duele llegar a la aceptación? Si. Mucho. Pero proporcionalmente al dolor, te impregna de fuerza y valentía para enfrentar lo que venga. Duele mucho pero también una vez que llega, te provee de luz para poder entender mejor cómo funciona todo, cómo funcionas tú. Te permite conocerte mejor y darle más importancia a eso que a lo que los demás puedan pensar: te libera. Eso es lo que quiero;



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